Las dicotomías, las mías. Las que yo me invento. "Decidir es para idiotas", reza un banco en el parque de las emociones encontradas. Y es precioso. Es agradable y aparentemente desvinculado con mi propósito. ¡Oh!, propósito en la vida... ni siquiera el gran Deepak Chopra sabe con certeza qué carámbanos significa eso. Seguramente tampoco sabrá qué significa carámbanos.
Volviendo al tema, las dicotomías, las mías, las que mi cerebro azul aliñado se empeña en mostrarme. Es bonito, ¿por qué no iba a serlo? Observar cómo ERES, qué te gusta, qué no, en qué te fijas, qué analizas, cómo deseas, cómo, cuándo y por qué decides poner en marcha la sagrada ley de la atracción de la que tanto se hable y tan poco se sabe. La vida es simple. Sí, lo es.
En todo caso, contra todo pronóstico y a pesar de todo, yo me quedo con algo gane o no. Elija o no. Me deje llevar o no. Porque una cosa es bien cierta, el deseo no sirve para nada. Bueno, mejor dicho, el deseo, por sí mismo, es la experiencia, la meta. La metas o no. El deseo es una experiencia fenomenal. Deseen, señores míos. Deseen hasta perder la cuenta de las caras de desilusión generadas desde el vacío de los átomos, ¡porque esa es otra! La materia, de por sí, no tiene valor, es la experiencia, la información del evento, lo único que es realmente valioso. Deseen, señores míos.
Hace 12 años
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