20 julio 2011

Noche de lluvias. Y de vientos. Y de chispitas en la cadera.
Días de ser desagradable y observar... de entender por vigésima vez que dentro de uno mismo hay unos mismos danzando con sus ojos y sus reflexiones. Con pistolas de imágenes. Metralletas, más bien.
Sueño con regalar. Espero una cómoda sala de espera. Me descentro, por vigésima vez, como una sinusoide de elementos elementales cabriolando por mi escenografía. Haciendo sudokus y deseando, como un crío cuando debería ser un churumbel mocoso y risueño que se invade interiormente a sí mismo con sus gestos de esparcimiento.
Soy un chico afligido. También soy un chico dichoso. También soy un adulto. Y, precisamente por eso, tengo aprensión. A prácticamente todo. Pobre de mí. Abundante de mí.
Vuelvo a casa por navidad. Por una navidad estival que antecede flores y un azul fulgurante que saquee todo. Confío plenamente en eso. Solamente en eso. Pobre actor que se cree espectador, con lo que le gustaba-gusta-gustará la farándula. Pobre hombre sinuoso y peregrino que no circula en línea recta.
Hágase la luz.

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